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lunes, 11 de abril de 2011

La maldición de Poe.

El primer fin de semana de abril volvió a representarse en Valladolid La maldición de Poe, aclamado espectáculo de títeres de la compañía local Teatro Corsario con el que dejan al público absolutamente boquiabierto.


Creo que no había visto un espectáculo de títeres desde que era crío. Eran títeres clásicos, de los de cachiporra y buenos y malos; de los de risotada infantil y moraleja sencilla. De modo que, a priori, cuando se me habla de títeres pienso en un genero chico dentro del teatro. Humilde. Sin embargo, el arte de contar una historia dando vida a personajes de trapo, tela o látex tiene un horizonte mucho más amplio que el que se puede imaginar a priori, como cada año demuestran, por ejemplo, las compañías que venidas de medio mundo aterrizan en Segovia con ocasión de Titirimundi.

A Corsario los conocía fundamentalmente por su trabajo subiendo a las tablas teatro clásico del bueno (recuerdo El gran teatro del mundo; La vida es sueño; Coplas por la muerte; El mayor hechizo, amor; o Tito Andrónico) de la mano del tristemente desaparecido Fernando Urdiales. Pero no les había visto nunca en su faceta de "titiriteros" (más allá de pequeñas incursiones en alguna de las obras citadas, como en El mayor hechizo, amor, con la aparición del gigante Brutamonte), de la que es responsable Jesús Peña. Y eso que ya han sacado adelante tres aclamados espectáculos: La maldición de Poe, Vampirya y Aullidos.

La maldición de Poe desarrolla a lo largo de poco más de una hora una serie de escenas basadas en algunos de los más célebres relatos de Edgar Allan Poe. Como hilo conductor se valen de Edgar, el joven protagonista, enamorado de Annabel (Lee), y cuya historia de amor se ve condenada. La vida diaria de Edgar se transforma en un escenario de pesadilla donde, no obstante, hay espacio para el humor.

En cualquier caso, el guión o la historia acaba siendo un poco lo de menos. Lo verdaderamente espectacular, lo que deja boquiabierto al espectador es el tamaño gigantesco de estos títeres, muñecos que parecen cobrar vida por arte de magia. Se mueven como si verdaderamente estuvieran vivos, sin apenas intuirse dónde demonios está la mano que los manipula de manera tan genial (estos títeres se parecen, en este sentido, a los guiñoles que, durante muchos años, estuvieron apareciendo en canal+ ofreciendo una visión sarcástica de nuestra política). Ello se debe en gran parte a una magistral utilización de la iluminación, perfecta, tanto para contribuir a "esconder" a los manipuladores como a sumergirnos en esa atmósfera tétrica.

A ello hay que sumar la música, idónea para acompañar la acción en cada una de las escenas, que se van presentando al espectador a través de unos rótulos proyectados en dos grandes pantallas localizadas en los laterales del escenario y que recuerdan mucho a aquéllos del cine mudo. De hecho, sería una experiencia prescindir de la utilización de la voz para subrayar aun más ese marcado clasicismo, y en la medida en que muchas veces lo que se dice es "prescindible" (por cierto, las voces las ponen los mismos cuatro manipuladores que "resucitan" a todos los personajes que van apareciendo).

Pero, como decía, lo verdaderamente relevante es la factura técnica: impresionante. Hay una escena espectacular, soberbia, en la que se recrea el fondo marino. Sin palabras. Así que, mucho mejor, unas imágenes:



Experiencia recomendadísima. Al finalizar, todo el público que abarrotábamos la sala Miguel Delibes del Calderón aplaudimos a rabiar. Espero repetir pronto, con Aullidos.

martes, 22 de marzo de 2011

La caída de los dioses, según Tomaz Pandur: continente vs contenido

Este pasado fin de semana Valladolid ha estado situada en el centro del mapa escénico de este país al acoger el estreno absoluto de La caída de los dioses, última criatura del reputadísimo director esloveno Tomaz Pandur.


Antes de hablar de la obra, un apunte sobre un hecho que, de repetido, me enerva. En este país parece obligatorio pasar por Madrid para que el estreno de una obra de teatro, un concierto de música o la presentación de un libro tengan la relevancia que se merecen por lo que son, no por dónde se produce el evento. Mucho me temo que tendremos que esperar hasta finales de verano, cuando esta producción recale en la Naves del Matadero de Madrid, para ver una crítica publicada en los grandes medios de comunicación nacionales. También hay vida en “provincias”.

La caída de los dioses es una coproducción del Teatro Español con el Teatro Calderón de Valladolid (me parece estupendo que se embarque en este tipo de proyectos, por cierto) y el Festival Grec de Barcelona, basada en la película homónima de Luchino Visconti, y cuya traslación a las tablas es responsabilidad del propio Pandur.

He de reconocer que yo no había visto la película, lo cual puede repercutir de manera directa en mi percepción respecto a la obra. Conocía a grandes rasgos la línea principal del argumento: en pleno ascenso del partido nazi en Alemania, una poderosa familia de industriales se ve directamente afectada por los movimientos telúricos que este hecho llevó aparejados (desde el incendio del Reichstag hasta la noche de los cuchillos largos).

Pero, en líneas generales, podríamos decir que iba de casa sin ninguna idea preconcebida. Ni de la historia ni de cómo iban a contarme esa historia.

Empezaré por el cómo. La caída de los dioses se sostiene, bajo mi punto de vista, sobre dos grandes pilares: un montaje fastuoso (y presumiblemente caro, añado) y un trabajo enorme por parte de su elenco de actores.
 

Por lo que al montaje se refiere, el escenario es dominado por los colores de la bandera del III Reich: rojo (especialmente en las primeras escenas, por dos grandes alfombras que cruzan transversalmente la escena), blanco y negro (incluso en el vestuario). Al fondo, una enorme pantalla sobre la que puntualmente se proyectan imágenes (en blanco y negro) o que se tiñe de color (blanco o negro). Aunque el protagonismo del montaje recae en una larga cinta transportadora (como las de recogida de equipajes de los aeropuertos) que cruza de lado a lado la escena y sirve de elemento conductor para pasar de una escena a otra, introduciendo y sacando de escena tanto objetos del atrezzo (mesas y sillas, fundamentalmente) como a los propios actores. Junto a esto, destaca un enorme panel colocado en el plano vertical de la escena y que no sino un gran espejo que devuelve otra imagen (a la platea, si se está en “gallinero” este efecto no existe) de lo que sucede sobre el escenario, como mostrando las distintas filias, fobias e intereses creados de los Essenbeck. En general, la sensación que transmite tal escenografía en un comienzo es de desasosiego. Por lo aséptica (con una iluminación blanquísima), daba la sensación de estar en un quirófano o en un tanatorio. Desasosiego acrecentado por un pianista (vestido con uniforme nazi) que, situado a los pies del escenario, acentúa el drama con percusiones que, para mi, acabaron resultando molestas.

En relación al reparto, como dije, su trabajo refleja entrega y compromiso, y todos rayan a un alto nivel. Belén Rueda y Pablo Rivero incluidos (aquí sí que traía prejuicios de casa, por el pasado televisivo de ambos, entiéndase). Como Fernando Cayo, que jugaba en casa, o Alfredo Jiménez, o Emilio Gavira. Eso sí, alto nivel entregados a los histriones que, en términos generales, ha compuesto Pandur para ellos. Me resultan excesivos, me apabulla su histrionismo. Como me acaba apabullando la escenografía, un envoltorio lujoso para el que no ha sido preparado el que debiera ser el auténtico caramelo: la historia.

Repito: no he visto la película de Visconti. Aunque, como decía, el argumento no puede ser más sencillo. Sin embargo, aun conociendo el contexto histórico que rodea la historia, me pierdo. No sé de dónde vienen los personajes ni a dónde van; no entiendo qué les mueve a cada uno (en particular, no entiendo muchos de los matices de Martin, el personaje interpretado por Pablo Rivero) y soy de esas personas a las que poner en pelotas a un actor no suele ayudarme para entender la historia ¡Qué le vamos a hacer, soy un amante del teatro clásico!. Aunque también sé disfrutar de montajes menos convencionales (el que hizo Animalario para su Tito Andrónico me pareció, sencillamente, espectacular... ¡y eso que pusieron en pelotas a Alberto San Juan!).
 
Bromas aparte, sé que los miembros de esta familia de industriales (como toda la sociedad alemana, inoculada con el virus del fascismo) se ven engullidos por la espiral de poder y luchas intestinas que se desata dentro de las diferentes facciones del propio partido nazi, y la familia se rompe y se desangra (literalmente) de manera paralela. Pero, a decir verdad, no sé qué diferencia a unos de otros. En todos late una parecida apetencia por el poder, por el control, por el dominio... pero ni siquiera un distinto uniforme me sirve para diferenciarlos e identificar ese resorte que les mueve a actuar de la manera en que lo hacen.

De modo que las casi dos horas y medio de función (con descanso) se me hacen tan eternas como una interminable sesión de fuegos artificiales en la que el efectista espectáculo de ruido y color deja de tener sentido pasado un rato, al no existir ningún discurso que lo sustente y justifique. Aquí lo hay, pero acaba resultando tan plano y cansino como el ritmo de la famosa cinta trasnportadora. El continente aquí eclipsa al contenido, y eso a mi no me vale. Una decepción.

martes, 1 de marzo de 2011

La CNTC trae "El alcalde de Zalamea" al Calderón

Este fin de semana pasado llegó a Valladolid la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC) para subir a las tablas del Teatro Calderón una excepcional versión de “El alcalde de Zalamea”, una de las cimas del teatro español del siglo de oro y obra más representativa (con permiso de "La vida es sueño", claro) del maestro que da nombre al escenario más emblemático de esta ciudad. Podríamos decir que don Pedro jugaba en casa.


La obra narra los acontecimientos que se suceden en esta localidad extremeña (aunque bien pudiera ser castellana, por el carácter de los personajes) cuando allí llega una partida de soldados que se detendrán buscando posada y descanso para unos días, alojándose en casa de los lugareños, labradores la mayoría de ellos. La historia se entreteje con los mimbres clásicos de las diferencias de clase, estamentales y de poder. Y el drama se desencadena apoyándose en uno de los pocos personajes femeninos que aparecen, anhelo de varios hombres, como el hidalgo o el capitán. Este último, herido en su orgullo por el rechazo de ella (Isabel) hace uso de su posición y su poder para acceder a su objeto de deseo. El abuso, el honor, la justicia... ingredientes tradicionales de un buen drama, presentes.

La versión que en esta ocasión monta la CNTC, dirigida por Eduardo Vasco, apuesta por dar todo el protagonismo al texto de Calderón y al trabajo de los actores. Sobre el escenario, únicamente una tarima que delimita la zona donde se va a desarrollar la representación y, a ambos lados, una serie de bancos corridos y sillas donde se van sentando y levantando los actores conforme salen o entran a escena, esa tarima, donde no hay más elemento escenográfico que un telón sencillo y neutro al fondo y el cuerpo de los propios actores, perfectamente caracterizados con su vestuario de época.

La acción se sucede sin pausa ni transición alguna; escena tras escena con un dinamismo natural absolutamente pasmoso, sin necesidad de aderezos extraños, sin más ayuda que la brindada por un sencillo juego de luces que se limita a subrayar la acción e invitar al espectador a mirar hacia un lugar determinado, y la música de una viola de gamba, tocada por una de las actrices para subrayar, asimismo, momentos cruciales de la representación.

Con estos ingredientes resulta una delicia disfrutar del personaje central de la obra, Pedro Crespo (qué bueno es Joaquín Notario), labrador humilde y próspero, inteligente y testarudo, justo y recto, íntegro y honesto. Y tan sabio como el refranero popular. Este hombre es un héroe que por mayor virtud tiene el sentido común y el valor de unas sólidas, profundas y nobles convicciones personales que son irrenunciables. Es, a la sazón, el padre de Isabel y el anfitrión del capitán, primero, y de don Lope de Aguirre en último término. Sus réplicas a las dagas del curtido general al mando de la soldadesca (con una personalidad similar, pero con otra posición), son antológicas. Pero la lengua de Pedro no se amilana ante nadie, ni el propio rey. Porque no hay posición social más elevada a la de la razón, patrimonio común de todos los hombres independientemente de la cuna. Y porque no hay más verdad que una (qué importa errar en lo menos cuando se acierta en lo más, ¿no?).

Tras ver una obra así (cima de la literatura) con un montaje así  (que hace palidecer a los excesivos "calixtosbieitos", con todos mis respetos) y unos actorazos así (inconmensurables; qué presencia, qué dicción, que musicalidad en el verso, que voz en el canto...) uno no alberga dudas de porqué existe y ha de existir algo como la CNTC, después de asistir a un ejercicio tan fenomenal de reivindicación y lustre de nuestro patrimonio cultural. Con todos mis respetos, esto demuestra que al teatro no le hacen falta ni el márketing de los rostros televisivos, ni los libretos de moda en broadway, ni los montajes excesivos e innecesarios.

Viva la razón. Viva la justicia. Viva el hombre. Viva Pedro Crespo, alcalde de Zalamea. Viva Calderón (y los clásicos). Viva el Teatro.

jueves, 27 de enero de 2011

Un tranvía llamado deseo

Había casi dejado olvidada en el cajón la idea de subir la reseña de la escala que Un tranvía llamado deseo hizo en Valladolid, ya que se me solapó con el genial concierto de Standstill y pasaron los días y no me había puesto a ello... Además, salí del teatro con un desagradable sabor agridulce. Pero cuando empecé este blog me prometí que intentaría escribir algo sobre los conciertos y obras de teatro a los que asistiera, como un archivo personal, una verdadera bitácora con la que hacer frente a la desmemoria. Así que...

Lo del sabor agridulce se debió, fundamentalmente, a factores exógenos al montaje en sí, pero que afectaron de manera profundísima a mi capacidad para disfrutar del espectáculo. Asistí a la representación acogida por el Teatro Calderón el pasado viernes 14 de enero, con una entrada magnífica, de lleno. Eso sí, la media de edad del público era más que elevada, mayoritariamente gente muy mayor. Ello no me supone ningún problema, faltaría más, pero si me plantea una pregunta: por qué no acude más gente joven al teatro. en esta ciudad. Sé que Valladolid no es Madrid, pero sería un tema a estudiar. ¿Es un problema de programación? ¿de precio? ¿de simple inapetencia por parte de los jóvenes?



El montaje de la obra de Tennessee Williams, dirigido por Mario Gas, se sucede en un decorado único que refleja de manera nítida (o más bien transparente) el humilde apartamento en que viven Stella y Stanley y la calle de Nueva Orleans en que se encuentra, gracias al uso que para la escenografía se hace con dos planos a distinta altura, enriquecidos por los juegos de luz.  Aunque lo más destacable seguramente sea la pantalla que al fondo del escenario sirve para proyectar imágenes que, junto con la música, sirven para sumergirnos en el ambiente en que transcurre la historia: las noches tórridas y húmedas de un Nueva Orleans hermosamente decadente. Un montaje de corte clásico y que no deja de recordar muchísimo a la inolvidable película que en 1951 dirigió Elia Kazan.

La obra se extiende a lo largo de casi dos horas y media y en ningún caso se hace larga o pesada, lo cual siempre es un indicador (al menos para mí) de si la cosa va bien. A mi la obra consiguió sumergirme en el ambiente asfixiante en que sobreviven los protagonistas. Y el trabajo de conjunto de los actores me pareció muy bueno. Vicky Peña está sencillamente espectacular en el papel de Blanche. Al principio podía parecer exagerada por excesiva. Pero es que Blanche es excesiva, es un personaje que se encuentra en el límite, que es un vendaval: poderoso, magnético y destructivo. Tanto como puede serlo el violento Stanley, interpretado por Roberto Álamo.

Es imposible ver esta obra de teatro y, si se ha visto, no acordarse de la película de Elia Kazan en la que Stanley, una suerte de hombre duro en camiseta, es convertido por Marlon Brando en un mito. Y ese es el problema. En mi retina Stanley es Marlon Brando. El Stanley de Marlon Brando. Un ser primitivo, violento, físico, carnal, visceral… Roberto Álamo, actorazo que viene de dar vida a otro hombre rudo, el Urtain de Animalario (por el que recordemos que ganó el premio Max al mejor actor el año pasado) intenta crear su propio Stanley. Pero la sombra de Brando es alargada y yo, simplemente, no me lo creo. No percibo ese magnetismo que tiene atrapada a Stella.

Respecto del resto del reparto, tengo que decir que parece que todos están muy bien. Ariadna Gil bastante mejor de lo que me esperaba en su papel de Stella. Y el Mitch de Álex Casanova me gustó mucho.

Después de leer esto parece que la obra está muy bien (que lo está) y que disfruté muchísimo con ella, pero esto último no es cierto. Recordemos que antes hablé de sabor agridulce. ¿A qué se debió? Como comentaba al principio, fue producto de factores exógenos a la obra. A gran parte del público, en concreto. Sé que va a sonar exagerado y que puedo parece un esnob recalcitrante, pero es que desde que empezó la representación hasta que ésta finalizó no pasaron quince segundos sin que alguien tosiera, estornudara, carraspeara, se sorbiera los mocos... como si estuviera en pijama en el salón de su casa, machacando momentos de tensión dramática increíbles. Yo lo pasé mal como espectador, porque no disfruté de la obra. Pero lo pasé peor por los actores que, ahí arriba, desnudándose y entregándose con su trabajo eran eclipsados continuamente por la coral de toses. Nunca he visto nada igual. Se me quitaron las ganas de volver al Calderón (en el descanso me comentaba otro espectador que eso es, desgraciadamente, casi siempre así, al menos los viernes, cuando más abonados acuden). Arriesgándome de nuevo a sonar como un radical: si no estoy en condiciones físicas para atender a una obra de teatro, no voy (en unas condiciones así, morirse de la tos cada quince segundos es más molesto que el sonido de un móvil).

Eso o que una farmacéutica patrocine las representaciones y, al inicio y en el descanso, barra libre de Iniston per tutti.