lunes, 18 de julio de 2011

Rock Werchter 2011 (I)

Este verano he tenido la oportunidad de asistir a mi primer gran festival de música: el Rock Werchter 2011. Se trata de una de las grandes citas veraniegas a nivel europeo, tanto por tamaño como por calidad del cartel (probablemente, después de Glastonbury, el más completo, que me perdonen alemanes y fibers). Tras más de tres décadas de andadura, el Rock Werchter reúne cada año en las inmediaciones de esta pequeña localidad belga a decenas de miles de personas dispuestas a ver un buen puñado de conciertos durante un largo fin de semana.


Este post va a dividirse, en realidad, en dos (o los que se tercien, quién sabe). En este primero comentaré lo que me pareció el festival desde un punto de vista más bien funcional (qué supone eso de irse de festival) y dejaré para el siguiente comentar el tema musical.

Como decía, éste era mi primer festival, con lo que a muchas cosas respondía como un niño pequeño que va al parque de atracciones por primera vez: con los ojos abiertos como platos y con la boca entonando un continuo "ohhhhhh". Y es que todo este tinglado tiene unas dimensiones mastodónticas, un colorido brutal, un ambiente permanente de fiesta...


Pero vayamos al grano. Qué es lo primero que hay que hacer para asistir a un festival como el Werchter (al margen de poner tu destino en manos de Ryanair y sus amables empleados para que te lleven a ti y tu maleta no facturada a buen puerto, Charleroi, en este caso). Pues, en primer lugar... ¡preparar el pastón que vale el abono para todos los días! Está claro que no lo regalan (200 €), pero teniendo en cuenta el precio que alcanzan hoy las entradas para ver un concierto de grupos "cabeza de cartel" y nivel medio, sale más que a cuenta. Al margen de que siempre tienes la posibilidad de escuchar nuevos grupos. O grupos a los que, en principio, no irías a ver tocar. Y una vez que tenemos el abono... hay que canjearlo por las típicas pulseritas que te abrirán las puertas del recinto durante los cuatro días (eso sí, estas pulseras no son las del todo incluido; hay que llevar la cartera bien alimentada para pagar las cervecitas).

Y es que, como decía, esto tiene mucho de parque de atracciones... de los de ahora, esos que te hacen pasar por caja cada vez que quieres echarte algo con lo que refrescar el gaznate (salvo que lo colaras en una mochila ya que, a priori, te dejan meter alguna cosa, incluso comida, aunque todo dependía del día y de la arbitrariedad del control de entrada). La logística para hacerse con algo de comida (delicatessen de talla gastronómica como la pizza congelada de champiñones, bocatas de pan con un tranchete dentro, fideos chungos vietnamitas, spaguettis chungos -¿italianos?-...) o bebida (la cerveza del patrocinador de turno) pasaba por comprar unos bonos con los que luego pagar las viandas (2,5€/bono; 1 bono = birra; 2 bonos = bocata de tranchete; 4 bonos = paella chunga... y asín sucesivamente ).

Y, claro, tanto comer y, sobre todo, beber, provoca que el organismo trabaje y siempre llegue ese momento en el que te preguntes "¿dónde estarán los baños en este sitio? ¿los tiene?". Pues sí, los tiene. En las cuatro esquinas del recinto, bajo el claro indicativo "WC". Decenas de cabinas de esas que ves en las obras (o en los campos de refugiados). Sí, sí, letrinas de esas químicas. Toda una experiencia a última hora del día. Y eso que, por aquello de la funcionalidad, estaban habilitados también una especie de abrevaderos para que los chicos (aquellos que no optaban por rellenar su vaso de plástico) se aliviaran. Nos hacemos una idea suficiente, ¿no?

Ello debería dar que pensar, y mucho, a esas personas que se afanan por recoger del suelo todos los vasos de plástico posibles. Y es que por cada 20 vasos te daban una cerveza. Parece una clara estrategia win-win. El recogedor obtiene una birra gratis y el festival limpia un poco el estercolero en que se va convirtiendo el bucólico prado. Ahora entiendo por qué estos grandes festivales se afanan por lograr algún tipo de sello de respeto medioambiental. Al margen de lo que el acontecimiento pueda suponer en terminos de emisiones de CO2 y demás, el lugar en que se celebra el evento va a quedar bastante peor que si Atila y todos sus hunos hubieran pasado por encima cincuenta millones de veces.

Pero hablemos de las instalaciones para lo importante, la música. ¿Cómo de bien se disfrutan (cómo se ve, cómo se oye, cuánto se puede bailar) los conciertos de un Werchter? Bien, de entrada habría que señalar que el festival cuenta con dos escenarios: el main stage, donde tocan los cabezas de cartel y la pirámide, destinada a propuestas más minoritarias. Por lo que al escenario principal se refiere, todo serían cosas positivas. Tan grande como el de cualquier festival homólogo, y con dos gigantescas pantallas de video a los lados para no perder detalle de las actuaciones, aunque te encuentres al fondo (o aunque tengas delante un maromo de dos metros, que será fácil dado que a todos estos nórdicos se ve que les daban dos!). ¿Y el sonido? Para mi sorprendente, de una calidad, en términos generales, muy, muy alta. Teniendo en cuenta que estamos en un enorme espacio abierto y al aire libre. Cualquier concierto de estadio o pabellón en España ofrece una calidad de sonido peor, al margen de pasada de decibelios (en Werchter lo limitan a 103Db).


Por lo que a la pirámide se refiere, el tema es bien distinto. Se trata de un escenario pequeño, que se localiza bajo una carpa como la de los circos (si no estuviera cubierto, está tan cerca del escenario principal que se solaparía el sonido), lo cual plantea dos problemas evidentes. Por un lado la del aforo, muy, muy limitado (unas 2.500 personas, siendo generoso), de modo que o vas con tiempo o es difícil entrar. Y fuera no ves nada, aunque hay una pantalla gigante, pero no es lo mismo (y se oye fatal porque se solapa el sonido con el del escenario principal). Dentro, el sonido deja bastante que desear ya que hay que dar bastante potencia (para lo pequeño del recinto) para sobreponerse al main stage, y se producen muchas distorsiones por las propias características de la carpa. Una pena, porque es un escenario muy íntimo donde ves verdaderamente cerca a los artistas.

Finalmente, queda el tema logístico de dónde quedarse durante los días de festival. La opción clásica y evidente es allí mismo, en alguna de las macro zonas de camping habilitadas, junto con miles de festivaleros. Esta opción conlleva el tener espalda y ganas para dormir en una tienda de campaña con un clima que puede estar pasado por agua y que, en todo caso, es más bien fresquito por las noches. Y conlleva no tener un sentido de la higiene demasiado elevado, no ya por el tema de ducharse y los baños, que también, sino porque esas zonas normalmente son el plácido hogar de las vacas (estabuladas al lado durante el festival), sus chinches y demás fauna.

Si eres un festivalero de corte más bien burgués, probablemente prefieras optar por alquilar un apartamento o, directamente, ir a un hostal/hotel. El núcleo de población más propicio para ello sería, en principio, la universitario Leuven, que en verano cuenta con un amplio stock de habitaciones y apartamento vacíos. Aunque los propietarios aprovechan para hacer su agosto los días de festival. Así que, como para desplazarte al festival tendrás que usar coche (el bus funciona fatal, especialmente para volver por la noche) y Bélgica es tan pequeña (hay gente que iba y venía desde Holanda o Alemania) puedes ampliar el radio de acción. Una buena recomendación: Mechelen. Aunque ten en cuenta que el coche lo aparcarás en el parking (cuando digo parking me refiero a un prado gigantesco donde te cobran 15€ por dejar el coche durante los cuatro días) más alejado (A5), al venir por la carretera de Haacht, y eso son 20 minutos andando hasta el festival. Así que te puedes ahorrar los 15€ y dejarlo en el pueblo, si es que encuentras sitio, claro.

!Hala! ¡A disfrutar de festival en buena compañía!